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viernes, 10 de diciembre de 2010

Memorias: 4.- Tor'watha

"El bosque es así, se calla cuando hay intrusos". Beleth recordaba las palabras de su madre. Si alguien era experta en bosques, esa era ella; y lamentablemente había comprobado cuánta razón tenía. Ojalá las personas fueran como los bosques, y bastara con plantar unas cien tiendas élficas y disponer hombres armados en un campamento para hacerles callar.

No se escuchaba trinar a los pájaros, no se oía el murmullo de los linces husmeando entre los arbustos. Les rodeaba una amplia extensión de flores de fuego y parterres silvestres, vegetación que crecía de manera desordenada entre las raíces de los altos olmos y los frondosos mallorn, los árboles de hojas eternamente doradas propios de su tierra. El viento suave agitaba las ramas y le revolvía el cabello, atado en la nuca. A su alrededor, los soldados aguardaban como estatuas alrededor de las tiendas, serenos y firmes.

El silencio era el presagio de la guerra. Se dio la vuelta y contempló las construcciones de piedra de los Amani, frente al campamento. Aquellos muros altos con relieves de serpientes y entrelazos extraños que tanto inquietaban a quien no estuviera acostumbrado a verlos. Sus hogueras ardían en la ladera, Beleth casi podía escucharles golpeando los tambores y afilando las hachas de piedra, a pesar de que aún les separaba una larga distancia del enemigo.

Otro sonido, mucho más claro y para nada imaginado, interrumpió sus pensamientos e hizo alzar el vuelo a un puñado de aves que se posaban en las ramas de un tilo.

- ¡De ninguna manera!

El rugido de un león, desde el interior de la tienda central.

Beleth suspiró y se acercó con calma, apartando los cortinajes y entrando a la comandancia, donde Lord Lamarth'dan y Lord vel Noerth permanecían, tensos, frente a frente ante el mapa desplegado. La voz de Sahenion era suave, grave y contenida, con ese tono digno y señorial propio de él, mientras respondía al grito de Gareth.

- Será un gasto de energías y suministros que podemos ahorrarnos. Quizá podamos ganar sin pelear. Negar la oportunidad es una insensatez.


- ¿Ganar sin pelear? Son TROLS. Esa escoria amorfa y aberrante captura a nuestra gente y la quema viva para honrar a sus dioses paganos - respondió ardientemente Gareth, alzando la barbilla. Todas sus palabras eran imperativas, teñidas de desprecio - ¿Qué clase de diplomacia piensas practicar con los TROLS, Lamarth'dan? No tenemos nada que darles a cambio de una retirada. Es más, ELLOS son quienes tienen que darnos a nosotros.
- No se trata de eso. Presta atención. No es cuestión de llegar a acuerdos, sólo de asustarles lo suficiente como para que se retiren pacíficamente.
- Incluso si funcionara, se retirarán para reunirse con la escoria de Zeb'sora, en los bosques del sur. Desde allí, se rearmarán para volver a atacar.


Beleth se dirigió frente al mapa, con las manos a la espalda, sin decir una palabra. Gareth vel Noerth era un torbellino pelirrojo, enorme y de gesto adusto, que cada vez que hablaba parecía estar emitiendo un juicio sobre la vida y la muerte. Un elfo tan acostumbrado a la batalla y a comandar soldados que todas sus frases tenían el tono de órdenes directas, y uno sentía el impulso inicial de responder a ellas "sí, señor". Sahenion Lamarth'dan, más espigado y de porte regio, era el paradigma de la frialdad y la distancia. Su modo de expresarse solía estar caracterizado por el desapasionamiento, pero en las habituales discusiones, Gareth conseguía encenderle una chispa en la mirada a Sahenion.


- Aunque desciendan hasta Zeb'sora, bueno será. Al menos los sacaremos de Canción Eterna y tendremos tiempo de reagruparnos. El ejército reforzará las fronteras. Acorralarles en Zul'aman no deja de ser una ventaja, Gareth.
- Exterminarles es una ventaja. Hacerles recular sin batalla es darles más tiempo de vida a esas bestias, más ocasiones para planear el modo de volverse contra nosotros. ¡Deberíamos aplastarles sin más! - replicó Gareth, haciendo unos gestos en el mapa - Podemos colocar armas de asedio aquí y aquí, enviar los rompechizos contra sus aojadores...
- No tenemos armas de asedio - dijo Beleth por primera vez.
- ... y cuando estén desarticulados esos malditos brujos, caer sobre ellos desde los flancos...
- No tenemos armas de asedio.
- ...y acabar con ¿Estás seguro, Hojazul?


Beleth asintió con la cabeza. Claro que estaba seguro, había hecho tres inventarios de armamento y soldados.


- ¡Pero pedimos catapultas!
- Las pedimos hace una semana, Lord vel Noerth. No deberíamos contar con tenerlas ni en esta batalla ni en las dos o tres siguientes. Las cosas de palacio, van despacio.


Sahenion asintió, volviéndose hacia Gareth.


- Creo que podemos convencerles de que retrocedan. Es cierto que no contamos con muchos hombres armados, pero...
- Es un error dejarles con vida. ¡Es un error!
- No estamos en disposición de vencer, vel Noerth. Ellos conocen el terreno demasiado bien y no hemos podido contar con más apoyos. Sólo tenemos a nuestros hombres de confianza.


Ambos elfos suspiraron y se apoyaron en la mesa, mirando el mapa. Los ojos rojos de Sahenion se fijaron en la figura tranquila y apacible de Beleth Hojazul, que hasta con la armadura puesta parecía un elfo muy sosegado. Miraba el mapa en silencio, con la expresión de quien espera encontrar en él las respuestas al sentido de la vida.


- ¿Qué opinas tú?


El elfo se rascó la barbilla bien afeitada y habló en tono calmo al cabo de unos segundos.


- Creo que podemos obtener una victoria limpia si combinamos ambas cosas. Diplomacia y batalla.
- Bien, pero ¿Qué pondrías primero, la diplomacia o la batalla? - interrumpió vel Noerth - Estarás de acuerdo en que es absurdo dejarles con vida.


Beleth sonrió a medias, alzando la mirada.


- Creo que podemos aprovechar las peculiares creencias paganas de los trols para, digamos, convencerles de que sus dioses les dan la espalda en esta guerra. Si sus dioses se enfurecen y arrojan fuego sobre su aldea, serán más que receptivos a las peticiones de Lord Lamarth'dan, quien magnánimo, podrá ofrecerles una retirada para evitarles la maldición de sus ancestros.


Gareth frunció el ceño, plantando la mano sobre el mapa.


- ¿Dioses trol arrojando fuego? ¿Y de dónde los vamos a sacar?


Beleth señaló en el mapa las montañas colindantes al campamento de Tor'watha, arrugando el entrecejo con suavidad.


- Contamos con una veintena de magos de batalla. Podemos distribuirlos aquí, entre las montañas, y que conjuren a la vez su magia de fuego desde aquí, algo más atrás de la estatua de su ídolo. Preferiblemente durante la noche, que es cuando realizan sus rituales guerreros. Incluso si no se decidieran a retirarse, sembrar la duda en sus corazones minará la moral de los Amani.


- Al amanecer tendremos las tropas preparadas - añadió Gareth - para acorralarles aquí, dejándoles una vía de escape hacia el Sur.
- Antes de atacar, intentaré convencerles para que abandonen su empresa maldita. Los que no acepten tal cosa...
- Serán arrasados por el glorioso ejército de Quel'thalas, en nombre de la división Sin'belore.
- Cuando entremos en combate, es mejor que salgan de la aldea - añadió Beleth.


Gareth asintió con firmeza.


- Dejaremos a los magos en las colinas. Con escolta. Hacer arder su hogar les sacará a campo abierto.


Beleth sonrió, satisfecho.


- Una gran idea, General.
- Igualmente, Capitán.
- Creo que es una estrategia excelente, señores - asintió Sahenion - Y ahora, si os parece bien, podemos cenar y ultimar los detalles mientras tanto.


Beleth asintió, tomando asiento en un pequeño taburete y sacándose los guantes.


- Es de muy mala educación hablar de acciones bélicas en una cena de alcurnia, Lord Lamarth'dan - dijo seriamente, con un brillo burlón en la mirada - esto os pasará factura de cara a la excelsa sociedad de nuestro reino.


Sahenion sonrió a medias, llenando las copas con vino aguado y especiado. Antes de la batalla, nunca se servía alcohol sin rebajar, y apenas consumía un poco para acompañar las comidas.


- No sé como soportáis esas cosas - repuso Gareth, tomando la copa que le ofrecía Sahenion y sentándose en un banco contiguo, que crujió bajo su peso - Antes pisaría una taberna maloliente atestada de soldados que poner un pie en esas reuniones a las que acudís. ¿Realmente es necesario todo eso?


Sahenion meneó la cabeza, arqueando la ceja.


- No lo es... y como todo lo que no es necesario, es tan cargante que, cuando uno encuentra algo que valga la pena en esos ambientes, es como descubrir un tesoro debajo del barro.


Lamarth'dan y Hojazul compartieron una media sonrisa. El caballero más mayor inclinó su copa ante ambos elfos.


- Conocí a lord Lamarth'dan en uno de esos odiosos eventos. A vos, lord vel Noerth, en este campamento. Han sido experiencias muy agradables, pese a hallarme en ambos casos en un entorno hostil y dispuesto a enfrentarme a criaturas estúpidas que se maquillan demasiado.



La risa suave de Lord Lamarth'dan, contenida, se mezcló con la franca carcajada de Gareth. Las tres copas de cristal entrechocaron, y los tres caballeros se dispusieron a compartir una cena frugal y a rematar los detalles sobre el combate que tendría lugar al día siguiente.


El bosque seguía en silencio, y las hogueras de los Amani ardían en la lejanía, sin saber que en cuestión de horas, sus dioses les darían la espalda y las fuerzas unidas de los Elfos Nobles de Quel'thalas, bajo el estandarte de Sin'belore, les propiciarían una humillante derrota.




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Autor: Skadi







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viernes, 19 de noviembre de 2010

Memorias: 3.- Una historia de Hojazul

La casa de la verja siempre era ruidosa. Cuando no se escuchaban los ladridos y los juegos de los perros, eran las risas de los jóvenes las que resonaban por los pasillos, el ajetreo del servicio o las canciones de las mujeres. Sólo al caer la noche, cuando los astros titilaban en el cielo limpio de Quel'thalas y el murmullo del mar se hacía más intenso, el silencio entraba por la puerta y las ventanas, de puntillas, y prendía sus colgaduras entre los muros.

Lentamente, como por un acuerdo tácito y con la fuerza de la costumbre, terminada la cena y los quehaceres, todos los habitantes de aquella casa blanca con jardín, se dirigían hacia el salón. Los fanales iluminaban la estancia: las alfombras, algunas de ellas raídas y viejas, otras nuevas y relucientes, los contornos del mobiliario y las hojas de las plantas que crecían en los rincones. Sobre los cojines, uno a uno, los miembros de la familia Hojazul iban sentándose en círculo.

Aquella noche, como todas, Galior y Evon aguardaban pacientemente, con su hermano menor dormitando en un cojín como un cachorro más. Los perros entraban por las puertas y se tumbaban en el suelo, tranquilos y vigilantes. Los animales guardaban también silencio, se disponían aquí y allá, como en un círculo amplio y protector que rodeaba a sus señores y compañeros, y hundían el hocico entre las patas, dejándose rascar y acariciar.

Los gemelos sonrieron al ver llegar a la abuela. Era una elfa alta y de cabellera negra, con el rostro salpicado de pecas y el gesto siempre juvenil. Sus ojos eran estrellas chispeantes, rebosantes de vitalidad, y la toga sencilla que le cubría era más funcional que elegante. La acompañaba, como siempre, Tiniebla, aquella bestia negra, un perro lobo mucho más grande que los demás.

Hadelle se dejó caer junto a sus nietos, con un gesto grácil y desabrido, y el animal apoyó su enorme cabeza en su regazo. Intercambiaron sonrisas calladas y gestos afectuosos. Ella despeinó a los gemelos con sus dedos. Ellos sonrieron y le dieron un beso en la mejilla cada uno. Ninguna palabra cruzaron, pero tampoco era necesario siempre hablar para expresarse.

Cuando Neldarion entró, por último, con su bastón y su semblante plácido, Galior se incorporó corriendo para acercarle la mecedora y ayudarle a sentarse. Tomó el cayado y se lo dejó en el respaldo, y una vez más, gestos silentes. El anciano elfo palmeó la mano de su nieto, el chico le besó la mejilla, Evon sonrió, Hadelle miró a su esposo con ojos cálidos de amante.

Los fanales brillaban, las estrellas empujaban los cristales de las ventanas para colar su resplandor, y en aquel momento íntimo y familiar, ninguna voz rompía sus manifestaciones sinceras. Sólo el susurro de las alfombras y los cojines cuando alguno de los cinco se movía, sólo el crujido de la mecedora de Neldarion cuando se balanceaba. Los chicos podían ver su rostro entre luces y sombras, las facciones cinceladas, la nariz esculpida.  Cuando empezó a hablar, su voz grave y calmada parecía el arrullo de las hojas en el bosque, el sonido del mar tranquilo besando la arena.

- Hoy mi hijo Beleth, vuestro padre, ha marchado a la guerra. - comenzó - Le llama el deber, y le llama la sangre. Sabéis que los Hojazul siempre hemos sido una casta de combatientes. Por eso, hoy escucharemos la historia de Liunadel Hojazul, uno de nuestros antepasados. Una historia de Hojazul.

Hadelle sonrió y los muchachos se removieron en los cojines. Miraban, atentos, al elfo que se balanceaba en la mecedora, con los dedos sobre el pelaje de los perros. El pequeño se frotó los ojos y se acomodó con sus hermanos, con expresión fascinada. Cada noche, bebían las historias que su padre o sus abuelos les contaban, pero las historias de Hojazul eran sus favoritas. Neldarion comenzó su relato.

- Hace muchos, muchos años, nuestro ancestro Liunadel Hojazul vivía la vida de la espada. Servía a su señor con honor y lealtad, y observaba con perfección el camino del guerrero. Sucedió que regresaba de la batalla en una noche oscura, agotado y deseoso de encontrarse de nuevo con su esposa y sus hijos.

Los muchachos idénticos tenían la mirada fija en él, la elfa de negros cabellos escuchaba con la suave sonrisa de quien ya conoce el cuento pero lo disfruta con complacencia.

- Al llegar finalmente a su hogar, siendo la noche muy cerrada, decidió no molestar a la familia y entró por la puerta de atrás, en silencio y sin hacer ruido. Deseaba ver a sus pequeños dormir y abrazar a su dama, no quería importunar su sueño de ninguna manera. En la oscuridad, acarició los cabellos de sus hijos, y se dirigió a su alcoba, habiéndose sacado las botas, aún con la espada al cinto.

Neldarion hizo una pausa, contemplando los cuatro pares de ojos.

- Pero al apartar la cortina, ay de él cuando vio que en su lecho yacían dos figuras. En la sombra, los dos cuerpos se recortaban bajo las sábanas con cierta claridad, pero incrédulo, con la ira mordiéndole las entrañas, se acercó a comprobar si no era aquello una mala pasada que su vista cansada le estaba jugando. Inequívocamente, sobre la almohada, además de la rubia cabellera de su esposa, una melena negra y espesa se extendía.

Los muchachos fruncieron el ceño e intercambiaron una mirada. El pequeño, sin embargo, se abrazaba las rodillas con los ojos muy abiertos, atento y bebiéndose las palabras. Neldarion se balanceó en su mecedora y prosiguió.

- Destrozado por la rabia, levantó la espada, mientras terribles pensamientos se agolpaban en su mente. ¿Su dama le estaba traicionando? ¿La soledad de la guerra le había llevado a buscar amante? ¿Cuántas noches había deshonrado su unión de amor sincero en los brazos de otra persona? Estaba dispuesto en aquel momento a terminar con todo, pero, cuando sus manos iban a llevar el acero a su destino, a hundirlo en la carne de su amada y del amante, se detuvo. Salió de la alcoba y volvió al exterior por la puerta de atrás, y rodeando la casa, hizo sonar el cuerno en la puerta delantera para anunciar su llegada.

Hadelle ensanchó la sonrisa, con una mirada divertida.

- Las luces se encendieron, y los pasos apresurados resonaron en los pasillos, mientras Liunadel, presa de terrible zozobra, aguardaba el recibimiento. Fue su esposa quien abrió la puerta, arrojándose a sus brazos. "Liunadel, Liunadel", dijo ella, arrebatada. "Al fin estás en casa. No sabes cuánto miedo hemos pasado". Liunadel, sorprendido, alzó el rostro de su dama entre las manos y la miró con el ceño fruncido, esperando una explicación. La muchacha sonreía, con gesto de alivio. "Los trol han estado acercándose demasiado a las lindes de esta tierra. Tu hermana Selania vino a advertirnos, y desde su llegada, hemos estado durmiendo juntas para combatir el miedo".

>> Sintiendo como el corazón se le caía a los pies, Liunadel miró sobre el hombro de su esposa, y vio a su propia hermana, Selania, de negra cabellera, que corría hacia él en camisón para abrazarle también y darle la bienvenida. Profundamente aliviado, las abrazó a las dos, y bendijo el momento en el que detuvo su mano antes de cometer el más terrible error de su vida. Pues había estado a punto de dar muerte a dos de sus seres más queridos.

>>Tras ésto, Liunadel siempre fue cauto a la hora de empuñar su arma con ira y rabia, y legó a sus descendientes esta historia y su enseñanza: Porque aquellos que llevan un arma y quieren mantenerla limpia, deben limpiarla primero de toda emoción y precipitación. Cuando brame la ira, contened vuestras manos y vuestras armas. Y cuando alcéis las armas y las manos, contened vuestra ira. Ésta es una historia de Hojazul, y como tal debe ser recordada.

Los chicos sonrieron. Hadelle rascó las orejas de Tiniebla, y el hijo menor se levantó para ir a trepar a las rodillas de su abuelo, que lo tomó entre los brazos para subirle en sus piernas.

- No lo olvidéis, jóvenes - dijo la abuela, besando la frente de Evon. - Y ahora, ¿qué tal una canción?
- Sí, abuela, canta la de "Elune sobre el lago".

El salón en penumbra estaba teñido de violeta, el suave resplandor de los fanales dibujaba las facciones de los elfos reunidos. Y la voz melodiosa de Hadelle se elevó con un tintineo cristalino sobre los techos, se escurrió por los pasillos, veloz como un soplo de viento. El hijo pequeño, de nombre Bheril, estaba sentado en las rodillas de su abuelo. Era demasiado niño para comprender del todo la historia de Liunadel, pero sus ojos curiosos y sorprendidos estaban fijos en la pared, fascinados. El escudo de armas colgaba sobre la chimenea apagada: La hoja de azur sobre el fondo plata.

Neldarion le apartó el cabello de la frente y sonrió a medias. Con una familia como esa, no podía menos que sentirse profundamente conmovido y afortunado, pero sobre todo, orgulloso. De cada uno de ellos, de cada una de ellas, desde el primero hasta el último.


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Autor: Skadi







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jueves, 11 de noviembre de 2010

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Memorias: 2.- Padres e hijos

La aldea de Bruma Dorada era un asentamiento pequeño y cuidado al oeste del bosque, pasado el río. Los edificios circulares se levantaban en armonía con el paisaje cercano, casas blancas con hiedras que abrazaban los muros y un muelle a poca distancia, donde las barcas ornamentadas se balanceaban como cisnes de madera. La brisa del mar llevaba el aroma de la sal y la libertad, las hojas de los árboles se rozaban los dedos, haciéndole contrapunto al oleaje con su murmullo.

En el jardín de su casa, a las afueras de la aldea, Neldarion Hojazul estaba sumergido en la lectura de unas crónicas antiguas, balanceándose suavemente en su mecedora de haya. Dos perros grandes dormitaban, tumbados a su lado, y el bastón de empuñadura de marfil colgaba del respaldo de mimbre como un ahorcado. El aroma de las fresias y los narcisos flotaba en el ambiente, y el silencio - tesoro poco apreciado por otros pero muy valorado para el anciano caballero - sólo era roto por los chillidos de las gaviotas.

Pronto, un sonido metálico y voces juveniles interrumpieron su lectura.

A sus doscientos ochenta y dos años, ninguna cana estropeaba los cálidos tonos de su larga cabellera castaña. Las arrugas apenas se dibujaban en su semblante anguloso y decidido, y para todos los habitantes de aquella casa blanca, con jardín e invernadero, Neldarion era como un gran padre venerable al que era imposible brindar otra cosa que no fuera amor y respeto.

Antaño había sido un soldado, antes de que el hacha de un amani enfurecido le destrozara la pierna. Había vestido la armadura azul y plateada que ahora llevaba su hijo, acercándose a él con el tintineo de la cota de malla y el roce de las placas como anuncio de su presencia. Traía a sus vástagos, los dos gemelos, que caminaban junto a él con el brío de la adolescencia y el hijo menor, el cual cargaba sobre un brazo. Neldarion dejó el libro sobre la mesita y les sonrió desde lejos.

- ¿Ya te vas? - preguntó simplemente, cuando Beleth se detuvo frente a él. Se puso en pie con dificultad para colocarse a su altura, ayudado por Galior y Evon, los mellizos.

- Ya me voy, padre. Vengo a pediros vuestra bendición.
- Ah, ya veo... tu padre está demasiado viejo para acompañarte a la puerta, ¿es eso? - bromeó, con una sonrisa sesgada y agarrando el bastón, removiéndose para liberarse de sus solícitos nietos - Soltadme, criaturillas. El abuelo está tullido, pero no es ningún inválido. Aunque ese papelajo se empeñe en decir lo contrario.

Beleth le devolvió la sonrisa y meneó la cabeza, con aire de resignación.

- Perdona, abuelo - dijo Galior.
- ¿Llevamos a los perros?
- Abuelo, abuelo, tengo una espada de palo
- Deja a los perros, Evon - replicó Beleth - si los llevamos querrán venir detrás de mi caballo.
- Abuelo, abuelo, tengo una espada de palo
- Que sí, de palo.

Galior cogió a Bheril del brazo de su padre y la comitiva empezó a caminar, con la charla caótica de los jóvenes detrás y el silencio plácido de los mayores delante. Neldarion avanzaba a su paso, sin prisa pero sin detenerse, un pie detrás del otro y apoyado en el cayado, con la mente perdida en sus recuerdos y contemplando de lejos lo que fue, lo que era y lo que ahora estaba siendo su hijo. El soldado Hojazul siempre mantenía un semblante plácido y sereno.

- ¿Dónde combatís?
- En Tor'watha, padre.
- ¿Con quién vas?
- Lamarth'dan me ha ofrecido incorporarme a su unidad.

Neldarion asintió despacio, mirando a su hijo a los ojos.

- Lamarth'dan es una casa mayor... ya sabes lo que van a decir.

Beleth suspiró y asintió con la cabeza. No apretó el paso. La brisa les agitó los cabellos y las voces de los niños parecieron unirse al canto de las hojas. Recorrían los caminos de gravilla del jardín, bajo el amparo de las hojas de los sauces y las hayas, entre los arbustos y los parterres.

- Lo sé... y tú me enseñaste la importancia que debía darle a las voces de las sierpes.

Neldarion asintió, poniéndole una mano en el brazo mientras se apoyaba en el bastón con la otra. Sus zapatillas susurraban sobre los guijarros al caminar.

- También a guardarte de su picadura - añadió el anciano.
- Sahenion Lamarth'dan es mi amigo, y un elfo de honor - replicó Beleth - Luchar con los suyos es un privilegio, y su amistad me es muy grata. No hay doblez en mis intenciones, mas que servir como debo y ayudar a los mejores a seguir siéndolo, con honor y lealtad.
- No soy yo quien duda de ello - Neldarion frunció el ceño - Conozco a mi hijo. Conozco a mi familia.
- Si tú no dudas de ello, el resto de las voces no tienen nada que decir.

El anciano se rió entre dientes, palmeándole la mano a su primogénito. Luego miró la vaina de la espada, una envoltura de cuero azul con grabados en plata.

- Tir'zaram al servicio de Quel'thalas... - suspiró - Tu mano es mi mano, hijo mío.
- La tuya es más fuerte.

Neldarion volvió a reír.

- Sí que lo es... no eres tan bueno como yo, pero no estás mal. - Habían llegado a la verja del jardín, y Evon se había adelantado para abrirla. Alzó la voz - ¡Chico, trae el corcel de tu padre!

Beleth le miró de reojo, con un destello de picardía en los ojos azul cobalto.

- Muy amable, padre, muy amable.

Cuando el gemelo regresó, tirando de las bridas de un destrero con gualdrapa azul y plata, Beleth se volvió a despedirse de sus hijos. Besó a cada uno en la mejilla y les abrazó, dándoles las instrucciones habituales cuando un padre se va a la guerra. Cuidar de mamá, obedecer al abuelo, no pelearse, no faltar a sus deberes. Sostuvo al más pequeño en los brazos y le aplastó los mofletes con los labios. Luego, suspiró y abrazó a su padre un instante más largo.

Neldarion había vivido la guerra. Sabía que muchos marchaban para no volver, y que los que caían en combate eran héroes. No era un romántico del tema, conocía los pormenores de la batalla. Pero aun así, cada vez que se despedía de Beleth, un nudo de angustia le apretaba la garganta.

- Lucha bien, hijo - murmuró, palmeándole la espalda. Después, el soldado se inclinó y Neldarion le besó en la frente. - Que Belore te guarde. Si vuelves a nosotros, que sea con valor y victoria. Y si no lo haces, que sea con honor.

El soldado asintió con firmeza y montó en su caballo, saludándoles antes de emprender el galope por el camino de tierra que salía de la hacienda. Todos aguardaron a que se detuviera a mitad del trayecto y volviera a agitar la mano, y respondieron a su gesto. Cuando desapareció entre los árboles, Neldarion suspiró y se volvió hacia los muchachos.

-  Galior, cierra la verja. Regresemos. Hoy os contaré la historia del roble.

Los chicos asintieron y se pusieron en camino a su lado. El pequeño, en brazos de uno de los gemelos, arrugó la nariz.

- Abuelo, tengo una espada de palo.

El anciano sonrió a medias.

- Pues habrá que practicar.

La familia desapareció en una marcha lenta a través del jardín. El bastón de Neldarion se hundía entre las piedrecitas grises y los pasos de tres generaciones se hundían en la tierra del sendero, bajo el amparo de los árboles susurrantes y la brisa marina.


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Autor: Skadi








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jueves, 21 de octubre de 2010

Memorias: 1.- El elfo tranquilo

En las fiestas de la nobleza lunargentina, Beleth solía mantenerse algo apartado y observaba con distancia cuanto allí sucedía. En aquella ocasión, aunque había establecido su campamento base en un diván del rincón y agitaba la copa con placidez, solitario y sereno, las conversaciones cercanas se colaban entre sus reflexiones hasta llegar a estorbarle.

No era él un elfo dado a las frivolidades, y si asistía a los actos sociales precisos era únicamente para no ofender con su ausencia a las pocas casas que todavía les enviaban invitaciones y siempre que no tuviera compromisos más importantes, como atender a su familia, cuidar el jardín o marchar en campaña. Así, mientras otros conversaban y las damas bailaban en corro en el centro del luminoso salón, él agitaba su copa y meditaba sobre sus asuntos.

Los Alasol habían engalanado adecuadamente la estancia para la celebración del solsticio, y todo el mundo había sido invitado. Casas altas y bajas, los nobles lejanos de reputación inalcanzable y su ejército de frívolas esposas. Beleth había acudido solo, Dana no se encontraba bien. Había vuelto a pedir un permiso en el ejército para dedicarse a la educación de su hijo menor, que traía de cabeza a la niñera con su carácter inquieto, y atender a su mujer. Estaba preocupado por ella, no tanto por el pequeño, que era una criatura sana y precoz. No tenía, en realidad, la menor gana de estar allí en aquel momento, y cuando Baledor Laranthel se dirigió a él, le pareció que una mosca molesta le zumbaba en el oído.

- ¿Y vos, Hojazul? - dijo el oficial, abordándole sin tapujos - ¿No creéis que el vino de los Alasol es el más excelente que habéis probado nunca?

Beleth tenía la copa llena. Miró al elfo pelirrojo de sonrisa petulante, a quien conocía vagamente de las reuniones militares para organizar los ataques a los amani. Sus contertulios también habían girado el rostro hacia él, con miradas distantes y un silencio extraño. Beleth enarcó las cejas y miró su copa al trasluz.

- No entiendo demasiado de vinos - dijo al fin, tras tomarse su tiempo - pero debe serlo. Decir otra cosa sería ofender a nuestros honorables anfitriones.

Laranthel se rió entre dientes e hizo un gesto a los tres elfos que le acompañaban.

- Aquí le tenéis, Beleth Hojazul... que se cortaría la lengua antes de tomar partido por nada, incluso en algo tan nimio como la calidad del licor. - dijo, en tono burlón.

Se escucharon algunas risitas. Uno de los señores presentes, un elfo alto de cabellos blancos y ojos carmesíes, permanecía serio y hierático.

Beleth sonrió. Laranthel era un noble con ínfulas que se había visto acuciado de una urticaria perpetua el día que Beleth fue nombrado capitán. No entendía demasiado por qué provocaba esa hostilidad a Laranthel, pero ya había sorprendido sus miradas desdeñosas en varias ocasiones. Su voz sonó reposada cuando volvió a hablar.

- No me atrevería a opinar sobre materias que desconozco, milord - repuso, tranquilamente - Sería una imprudencia por mi parte pretender algo así, por lo que me disculparéis si me reservo mi opinión. Por otra parte, hay cosas mucho más importantes sobre las cuales tomar partido o no, y os aseguro que en ellas no se refrena mi lengua.
- Desde luego que no - asintió Laranthel. Tenía los ojos brillantes y mantenía el tono insidioso y provocador al hablarle. "Ha bebido bastante", comprendió. - Sois la sinceridad personificada, ¿no es así? Por eso os colgaron los galones pese a vuestra procedencia.

Beleth suspiró y se incorporó despacio, dando su primer sorbo al vino. La mención de su procedencia le despertó un mordisco de ofensa en la sangre, pero lo acalló sin problemas. Estaba acostumbrado, y el orgullo vano no tenía cabida en su personalidad.

- Sobre mis galones... el día que me fueron impuestos, los oficiales mencionaron las palabras esfuerzo y dedicación. Respecto a la sinceridad, debo ser de los pocos que aún la conservan, ya que nadie ha tenido la decencia de comentarle al lord aquí presente que lleva una mancha de nata en las comisuras - dijo, señalando vagamente a uno de los acompañantes de Laranthel, que se llevó la mano a la boca, enrojeciendo. Beleth dejó la copa en la mesita, junto al diván - Y acerca del vino, como es evidente que os apasiona, aquí os lo dejo para que déis cuenta de él y determinéis si es o no el más excelente que habéis probado nunca. Parecéis todo un entendido.

Se le quedó mirando, observando con cierta diversión como la expresión de Laranthel se volvía lívida de rabia, se daba media vuelta y se alejaba, seguido del elfo de la mancha. Otro de ellos desapareció entre las cortinas con un suspiro, al ver que ya no había más que decir.

El elfo alto de ojos carmesíes se quedó, con una media sonrisa apenas esbozada en el rostro.

- No es tan bueno - afirmó, señalando la copa con un movimiento elegante de la cabeza - Tenéis una habilidad prodigiosa para hacer amigos. Creo que habéis ofendido a Lord Laranthel. ¿Siempre sois tan diplomático?

Beleth se quedó de pie, mirando al noble. Éste parecía algo más joven que él. También era alto, pero Beleth le superaba en altura unos pocos centímetros. Su expresión, lejana y pétrea hasta el momento parecía haberse vuelto más suave.

- Intento serlo si la ocasión lo merece. Pocas veces es así, lo cual explica vuestra anterior afirmación sobre mis habilidades sociales. Lord Laranthel se ofende solo rebajándose del modo en que lo ha hecho.
- ¿Pretender ridiculizaros es rebajarse, señor Hojazul?

Beleth esbozó una sonrisa escueta, recogiéndose los puños bajo las mangas de la toga. El desconocido le estaba dando trato de señor, mientras que Laranthel no lo había hecho en ningun momento.

- Yo sólo soy un padre de familia y un siervo de Quel'thalas. Mi casa es humilde, y no tengo ninguna intención de que deje de serlo. - afirmó tranquilamente - Personas de cuna más noble y mayores privilegios no tienen ninguna necesidad de reafirmarse tratando vanamente de humillar a alguien como yo.
- A menos que tengan grandes carencias. - repuso el elfo de la cabellera pálida. - Yo también tengo un hijo, y nunca será como Lord Laranthel
- Con uno así es suficiente, Belore no será tan cruel.

Ambos compartieron una sonrisa sesgada, disimulada la del elfo de ojos carmesíes, que habló a continuación.

- Así que sois sincero - repuso el caballero, mirándole de reojo - ¿Compartiríais una opinión sincera conmigo?

Beleth arqueó una ceja, manteniendo su gesto.

- Si es sobre algo en lo que esté capacitado para opinar, no tengo inconveniente.
- ¿Habéis oído hablar de Sahenion Lamarth'dan?
- Algo he escuchado, aunque no le conozco en persona.
- ¿Y os habéis formado una opinión?

Beleth negó con la cabeza. Los Lamarth'dan eran una familia de gran reputación, de muy alto prestigio. Al parecer, el patriarca era un diplomático de confianza en la Corte. Miró al elfo de los ojos carmesíes y reprimió una sonrisa.

- No. No habitúo a formar mis opiniones según lo que otros dicen ... pero cuando la tenga, si aún os interesa, os la haré saber, sea cual sea - respondió, inclinándose levemente. - Es un honor conoceros, Lord Lamarth'dan.

- Igualmente, señor Hojazul.






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Autora: Skadi


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